Giros
-¡Destrozó todo! - Me decía
yo mismo con mis manos afianzadas en el volante. Los ruidos intrusos de otros
carros y edificios desfilaban, testigos de una densidad emocional desparramada
a los cuatro vientos. La corriente de pensamientos corrían mientras iba al
volante de un Hondita negro por las calles del Este de Los Angeles. Andaba dándole
un aventón a mi amigo Tony, quien tenía una cita de trabajo. No podía entrar a
la entrevista, así que solo lo llevé a un edificio con mucho cristal y me alejé a buscar un buen sitio para leer y disfrutar un café; con el afán de ayudarme a
concentrar y pensar perspectivas nuevas o disminuir el impacto de tanta incertidumbre
del 2020. De esta manera, las estadísticas, pruebas y proyecciones del covid no
me apachurren y lograr escribir el cuento para estos tiempos- La pandemia 2020 desarticuló nuestra vida y psicología.
Vivir el momento es ahora primordial. Si antes había un sentido, ya sea por
nuestra familia, o inspiraciones personales, ahora cualquier seguridad se
desliza de nuestras manos, por la amenaza y el cambio social que éste fenómeno repercute.
Las actividades las realizábamos influenciados por un afán por lograr anhelos,
y con ello adquirimos satisfacciones para evaluar
nuestra existencia. Los que no tenían motivaciones,
la búsqueda en si por ellas, era el sentido existencial. Ahora lo que hacemos, solo
lo atestiguamos, pero sentimos escaza razón por contemplar e imaginarnos el
futuro del mismo o de nosotros mismos; siendo que cada día vivido es el triunfo
de una batalla que inicia y muere hoy. Tal vez mañana, solamente nuestras historias
deambularán en el futuro. El virus será la historia permanente y el eje de nuestra
mentalidad en muchos años, según de deslumbra mundialmente. Nos abandonó el
tiempo de soñar con nuestros logros realizados permitiéndonos conocer lugares, asistir
a eventos públicos en grande y ser parte de una experiencia colectiva
inolvidable. Incluso, imaginarnos la superación personal para sobresalir del montón,
imaginarnos la tan esperada acumulación de riquezas que beneficiará la familia
y nos diera distinción. Lo inmediato pide su estadía en nuestra conciencia ¡Pero
en el pasado no nos deteníamos en pensar en nuestros finales; luchábamos por
los horizontes, inventados y otros anhelados! El morir era y es, la posibilidad
inevitable, pero, no sabíamos y ni nos preocupábamos por nuestra hora.
Simplemente, si se quería se iniciaba el trayecto de los sueños con la
esperanza o certeza de que un día festejar con su fruto. En contraste, ahora; nuestro mundo se volvió
efímero, pareciera que cada instante pueda ser el último instante; porque, si
no hay cura para este mal de la humanidad, solo resta ir esperando y viviendo
las cartas del azahar. Vivir e ir venciendo cada instante el hartazgo del encierro.
Agregado a esto, nos persigue la gran atenuante del desencanto, debido a la
inutilidad de proyectar cada una de nuestros pensamientos, si el horizonte no
es claro, por la razón de que, si nos infectamos, ni médicos, ni el hospital garantizan
un retorno a nuestro futuro. ¡Vivir el momento se transformó en la única garantía
y forma de determinar la calidad de
nuestras vidas! -Daba giros a la derecha, despacio y otras a la izquierda a prisa,
pero, mi mente no buscaba pausas. Todavía no andaba mucha gente en la calle seca y en los pocos negocios tímidamente abiertos; la
gente entraba y salía con premura como queriendo huir del lugar y sus
pensamientos.
Seguí sin rumbo por las
calle Cesar Chávez pisando el freno del carro, pero no de mis pensamientos- Nunca pensé en la importancia de decidir, dejarme
llevar por a un ambiente deprimente o a exprimir lo mejor de cada momento y seleccionar la dirección de
mi experiencia. No es por deshumanizad, sino por ejercitar la salud mental. Tanto
es nuestro desconsuelo que cansa, todos
somos parte. No solo eso, el optar, es el nuevo giro de hacer menos quejumbrosa
nuestra existencia frente a la pandemia. No tener contacto con la gente es más
problemático ya que, este distanciamiento se come más y más nuestra alegría,
por la razón de que la enfermedad sacrifica nuestra naturaleza de relacionarse
con la gente y nos sacrifica a una introspección densa y desconfiada. Aunque
quisiera tomar todo con mucha calma, después de de tres meses sin poder salir
mucho de nuestras casas, como prevención para no propagar y no contagiarnos, no
puedo liberarme de percibir en el ambiente, la desolación, la inseguridad y el tormento
de mucha gente buscando en la calle la normalidad perdida. Todos queremos hacer
lo mismo, después de que el gobierno ordenó, no salir de casa como control sanitario.
Ahora que andamos fuera paulatinamente y con mascarilla (ya no se aguanta) todo
lo que fue antes en nuestro alrededor, es completamente distinto; incluso este
calor del final de Julio, pica. Aunque un poco apagado por lo que percibo en la
gente, el optimismo me rescata de la depresión y me empuja a no permitir que el
desanimo me sangre. No quiero agregar más sufrimiento al mundo. Si, pensar que
muchos están agobiados por el fin de su trabajo, otros aterrorizados, sin saber
cómo van a resolver sus problemas económicos y muchos no saben a qué filosofías afianzarse en estos tiempos de
gigantesca incertidumbre. Sin estar exento de problemas, prefiero preocuparme
cuando el momento llegué. Todo este caos es contagioso, no es agradable, no hay
forma de eliminarlo. Quiero pensar en el sentido que tiene el vivir y los miles
de sabios descifrando las razones por las cuales nosotros los seres humanos descubrimos
los motivos de nuestras vidas y su sentido. Pero, lo que digo, ahora, ¿Para qué
le vamos a dar sentido? El único sentido,
es cada uno de estos momentos que voy respirando. El sentido de la vida perdió su
sentido; nos encontramos asechados por un final que puede llegar sin que
estemos listos ¡Todos queremos vivir!
-Al parar en un semáforo rojo, descubrí
un mural llamativo en un negocio pequeño, a si que decidí buscar otros, en el área;
pero mi pensamientos giraban en lo mismo mientras manejaba y me encontraba
otros. Finalmente, encontré un parque verde y más o menos libre de indigentes y
me refugié del pensar en el futuro incierto. Quise conscientemente no perderme
la acción de la vida alrededor mío. Me puse
a buscar el sentido de todo esto; pero solo el silencio se iba conmigo por los corredizos
para hacer ejercicio de vez en cuando y renovarme con tan apreciado oxigeno.
El recorrido por la calle Cesar Chávez y
otras, dio un fruto y giros inesperados; los murales en negocios y centros
comunitarios me alumbraron el día para florecer un placer contrastante con el vivir
con los problemas del nuevo mundo.
Agregado a esto, como agradecimiento por el aventón al Este de Los Ángeles,
fuimos con Tony a un restaurante Nicaragüense con murales de campo abierto y
pueblos llamativos. No podía haber recibido mejor muestra de agradecimiento que
el de saborear un exquisito platillo típico,
Bistec en jalapeño. Realmente, ese día en vez de ser un viaje abrumador,
fue un viaje a mundos interesantes que me borraron la pena de pensar en la
pandemia (al menos por el resto del día) Le dieron un giro inolvidable a lo que
parecía inmutable.





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